| Rafael Algarra A media milla del Estartit, en el bajo Ampurdán, las islas Medas parecen una prolongación de la costa. Si alguna vez tenéis la oportunidad de conocer la mayor de sus islas y coronar su meseta, cuando lleguéis junto al edificio del faro, cerrad los ojos y abandonaos a los sonidos naturales del viento y las olas. Entonces retrocederéis seiscientos años en el tiempo y con una visión antigua contemplaréis la apacible bahía de Pals, ribeteada de marismas hasta más allá de la desembocadura del río Ter. Si aguzáis la vista, quizá aún podáis ver alguna torre aislada entre el bosque o la campiña. Una torre de moros desde donde, en la época que os cito, el sonido del cuerno se hacía eco al repique de campanas de la ermita de san Miguel, cuando los monjes soldados querían alertar a los habitantes de las masías cercanas sobre la presencia de “moros en la costa”.Quisiera que en todo momento fuerais vosotros quienes tratarais de imaginar lo que deberían ser aquellas islas en un tiempo remoto en el que no existían los adelantos de hoy en día. Un tiempo oscuro de silencio, sin automóviles ni aviones; sin luz eléctrica. En el que ni siquiera se había inventado el reloj mecánico y las horas las daba un campanero, desde la iglesia de santa Catalina, en Torroella de Montgrí, guiándose por las estrellas o un reloj de arena. Cuando no, se dormía y parecía que el mundo se había detenido sobre esa inhóspita isla azotada por los vientos. Donde el rey Martín el Humano ordenó poner la primera piedra para construir una gran “linterna” y así proteger a los marinos y navegantes de arrecifes y piratas. Un lugar donde los corsarios argelinos se refugiaban, para después desembarcar en las playas cercanas y dirigirse a las masías y pueblos ribereños, que saqueaban. Además de raptar a sus hombres y mujeres jóvenes, que luego vendían en los mercados de esclavos del norte de África.
El rey Fernando de Antequera, a instancias de los lamentos de sus súbditos, mandó construir un monasterio en la mayor de las islas Medas. Un edificio formado por una torre con un campanario junto a una capilla, erigido bajo la advocación de san Miguel Arcángel, además de un cenobio con capacidad para doce monjes y su prior; todo ello protegido por una barbacana. “Quienes habitaran aquel monasterio no habían de ser frailes salmistas, usando más las armas que los libros y oraciones”, nos dice Pella y Forgas en su “Historia del Ampurdán”. Pertenecían a la orden del Santo Sepulcro, de san Juan de Jerusalén o del Hospital.
Orden que tenía predilección por vivir en las islas del mediterráneo, como Chipre, Rodas o Malta. Aunque las islas Medas no ofrecieran ni espacio ni recursos para su supervivencia. Algo que les forzó a sobrevivir de la caridad de los pueblos vecinos a quienes protegían. Caridad que acabó brillando por su ausencia e hizo que tuvieran que abandonarlas antes de morir del hambre proverbial de las Medas: “la fam de les Medes”; con que amenazaban a los niños ampurdaneses cuando no querían comer.
La diócesis de Barcelona, a instancias del rey Fernando, premiaba con un año y cuarenta días de indulgencias a quienes ofrecieran limosnas a la comunidad hospitalaria y asistieran a misa en la capilla de san Miguel de la “Meda gran”, el día de su onomástica. Pero el mal tiempo reinante y la desidia de los habitantes de pueblos y masías cercanas, siempre acababan contribuyendo a ese olvido tan egoísta como humano, con el que dejaban al desamparo del hambre a quienes les protegían.
Hubo, sin embargo, un prior o comendador a cargo del monasterio de las islas Medas, que consiguió reunir cuantiosas limosnas de los prohombres y autoridades eclesiásticas de más allá de las fronteras. Un fraile emprendedor y algo pícaro, a quien apodaban mosén almogávar, que hasta consiguió hacerse con las rentas del castillo de Bellcaire, que hasta entonces iban a parar a las arcas del obispo de Gerona.
El fraile Juan Jerónimo González, que así se llamaba, era un hombre de labia, como diríamos hoy, que supo ganarse la simpatía y prebendas de los señores feudales. Recaudó más limosnas en unos meses que sus antecesores en años. Aunque no duraría su buena estrella, porque fue procesado y expulsado de la orden de san Juan por el injustificado delito de tomar lo que pertenecía a sus hermanos hospitalarios.
Se dice que mientras estuvo como comendador del monasterio de san Miguel no se produjeron invasiones sarracenas. Los pueblos cercanos a las islas, en especial la villa de Torroella de Montgrí, gozaron de una tranquilidad inmerecida.
Apenas quedan restos de lo que fue el monasterio de san Miguel. Dicen los cronicones que se derrumbó y hundió en la mar por el extremo más occidental de la isla, una noche de tormenta del año 1552. Hoy su desaparición ha dejado un eco de leyenda que resucita los días de tramontana, cuando algunos han llegado a oír el tañido de las campanas de lo que fue su ermita. |
Good day, is there someone who speaks english? For my study history of arts (in Nimega), i’m writing a thesis about ‘Castell Montgrí’, I wonder if there is someone who can help me.
Your regards,
Liesbeth de Graaf
Bueno, espero haberte ayudado con el post sobre el castillo.
Seguiré buscando. Es algo misterioso,claro, es ampurdanés
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